Los
antiguos habitantes de la península itálica
fueron los celtas, los íberos, los pelasgos y los
etruscos. No debemos olvidarnos de los griegos, con sus
colonias que se extendían desde el golfo de Nápoles
hasta los de Tarento y Palermo. La ciudad de Alba Longa,
fundada por Ascanio, hijo de Eneas, en el Siglo X AC,
fue metrópoli del Lacio hasta el año 666
AC, en que cayó vencida y destruida por Roma.
Esta, cuya fundación atribuye la tradición
a Rómulo y Remo en el año 753 AC, fue desde
el primer momento rival de Alba. Con Tarquino el Soberbio
(534-509 AC) acabó la primera monarquía
romana. Durante la república, Roma, aunque minada
por luchas intestinas, venció a numerosos enemigos.
Resistió las invasiones galas (364 AC); conquistó
el resto de Italia (495-270 AC); guerreó con Cartago
hasta vencerla y destruirla (269-146 AC) y estableció
su preponderancia sobre el Asia Menor y Egipto.
Aunque desgarrada luego por nuevas guerras civiles (primero
por la rivalidad entre Mario y Sila, después la
de César y Pompeyo, y finalmente la de Octavio
y Marco Antonio), la República Romana no dejó
de extender cada vez más sus dominios, hasta llegar
a ser el pueblo más poderoso del mundo. A los esplendores
del siglo de Augusto siguió la decadencia iniciada
por la concentración excesiva de poder personal
en los emperadores, debida al debilitamiento del Senado,
y a la creciente intervención de núcleos
de poder armado en la misma ciudad que acabaron por imponer
emperadores ineptos y crueles de la mayoría de
los casos.
Sin embargo, fue tan consistente y moralmente fuerte el
Imperio Romano, y la eficiencia de sus generales continuó
siendo tan alta, que el colapso final sólo vino
a producirse cuando millones de guerreros bárbaros
atacaron simultáneamente la totalidad de sus fronteras
en Europa, Asia y África. Aún así,
cuando se produjo el avance irresistible de las hordas
de los hunos de Atila, los germanos pidieron socorro a
la ya agonizante Roma Imperial, y fue el general romano
Aecio, con sus legiones, el único que logró
derrotar a las hordas de mogoles en la batalla de los
Campos Cataláunicos, obligando a Atila a replegarse
hacia Panonia (actual Hungría). A la muerte de
Teodosio (395) se dividió en los dos imperios,
de Oriente y de Occidente, y finalmente cayó ante
el empuje de los bárbaros en el siglo V.
De 493 a 843, Italia fue dominada sucesivamente por los
ostrogodos, los lombardos y los francos. Liberada de estos
últimos por el tratado de Verdún y presa
de la anarquía, se vio invadida por sarracenos,
alemanes, húngaros y normandos. Tras la Guerra
de las Investiduras, y la larga lucha entre güelfos
y gibelinos que desató la ambición del papado
opuesta a la del imperio germánico, fue de nuevo
víctima de las rivalidades locales.
A fines de la Edad Media, había en la península
seis Estados principales: el ducado de Saboya, el de Milán,
las repúblicas de Florencia y Venecia, los Estados
Pontificios y el reino de Nápoles, que después
de haber estado dividido entre los franceses y el príncipe
de Aragón pertenecía a la sazón al
rey de España. En los siglos XV y XVI se disputaron
el territorio italiano los españoles, los franceses
y los alemanes; pero fueron los españoles los que
quedaron dueños del campo durante dos siglos.
Por el tratado de Utrecht (1713), el reino de Nápoles,
el Milanesado y la Cerdeña pasaron a poder de Austria,
y el duque de Saboya adquirió, con el título
de rey, la Sicilia, que cambió por la Cerdeña
siete años más tarde. El tratado de Viena
(1738) hizo pasar la Toscana de la extinguida familia
de los Médicis, a la casa de Lorena Habsburgo;
y el mismo tratado y el de Aquisgrán (1748) aseguraron
el reino de Nápoles y Sicilia y los ducados de
Parma y Plasencia a dos ramas de los Borbones de España.
Durante las guerras de la Revolución francesa,
Bonaparte expulsó a Austria de la alta Italia (1796),
fundó la República Cisalpina y cedió
a Austria el Véneto (1797). En 1800, después
de la batalla de Marengo, el Piamonte fue incorporado
a Francia y la República Cisalpina cambió
su nombre por el de República Itálica, que
más tarde, en 1806, se convirtió en Reino
de Italia, bajo el cetro de Napoleón 1. Después
de la caída de Napoleón, comenzó
a despertarse en Italia el espíritu revolucionario
y siguió una era de agitaciones y tentativas de
insurrección nacional fomentadas por los reyes
de Cerdaña, Victor Manuel I y Carlos Huberto.
Con la expulsión de Austria se inició ya
entonces la formación del nuevo Reino de Italia,
cuya unidad, preparada por Cavour y casi realizada con
la conquista del reino de Nápoles (1860) por Garibaldi
y con la cesión del Véneto hecha por Prusia
en 1866, fue terminada definitivamente en 1870 por Victor
Manuel II, cuyos ejércitos se apoderaron de Roma,
que desde entonces volvió a ser la capital de Italia.
Desde la realización de la unidad italiana, este
país no ha cesado de desarrollar sus recursos económicos
y militares hasta alcanzar la categoría de su gran
potencia.
Comenzó su expansión en Eritrea (1880),
siguió en Somalia (1891) y se detuvo en Abisinia
con la derrota de Adua (1896). En el siglo XX, luego de
guerrear con Turquía (1911-1912), se adueñó
de Tripolitania y Cirenaica (Libia) y de las islas del
mar Egeo. En 1914 estalla la Guerra Mundial. Italia entra
en la contienda en mayo de 1915, en contra de Austria
y Alemania. Al acabar la guerra, Italia, que había
visto invadido su territorio, no sólo lo recobró,
sino que vio ensanchadas sus fronteras.
Siguió un período verdaderamente crítico
que facilitó la subida al poder en 1922 de un ex-socialista,
fundador del partido fascista: Benito Mussolini, que,
erigido en dictador, supo reavivar el espíritu
nacional contándose además, como uno de
sus mayores éxitos, el Tratado de Letrán
de 1929, por el que ponía fin a la tirantez de
relaciones entre la Iglesia Católica y el Estado
italiano.
En 1936, conquistada Abisinia, la Sociedad de Naciones
decretó una serie de sanciones contra Italia. Esta
se alió con Alemania (Eje Roma-Berlín).
Cuando en el curso de la Segunda Guerra Mundial. Francia
fue derrotada por Alemania, Italia se unió a Esta
en la contienda A consecuencia de ello perdió su
Imperio africano y vio su propio territorio invadido por
las tropas enemigas. Ante la gravedad de las circunstancias
Mussolini fue obligado a dimitir. Pasó la guerra,
Mussolini fue asesinado (1945). El rey Víctor Manuel
tuvo que abdicar en su hijo Humberto II (1946), pero al
celebrarse elecciones un mes después el pueblo
se inclinó por la república, con lo que
se dio fin al régimen monárquico.
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